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NOS QUEREMOS MUCHO, PERO... ¡CUÁNTO NOS PELEAMOS!

Cómo nos gustaría conseguir un pequeño cambio en esa odiosa costumbre que tiene, cuando, por ejemplo, llega a casa y va repartiendo "sin ton ni son" las distintas prendas de su vestuario por los sitios más insospechados: los zapatos al lado del sofá, la chaqueta en una silla del comedor, el jersey en el cuarto de los niños...

Dice el viejo dicho que "la confianza da asco", y es muy cierto que con nuestros seres más queridos -nuestra pareja- perdemos más fácilmente los papeles. La vida cotidiana está cuajada de momentos de alta tensión, pequeños roces y discusiones provocados por defectos y manías del otro que nos sacan de nuestras casillas, pero que tenemos que aprender a aceptar: voluntad, inteligencia, compromiso y sentido del humor son buenas armas para ello.

Es evidente que hombre y mujer son distintos. Lo ideal para una pareja sería que se pudiesen complementar y, como dice el psiquiatra Enrique Rojas, fuesen capaces de "ver la vida en la misma dirección". Pero el día a día acorta mucho las miras de larga distancia, y es en las distancias cortas donde suelen surgir las complicaciones.

¿Idiomas diferentes?
Existen momentos de falta de comunicación. Llegamos a pensar que quizá no hablemos el mismo idioma. Por ejemplo ¿Donde está el marido ideal que avisa siempre de que llegará tarde a comer? ¿Y el que avisa con tiempo de que aparecerá con tres amigos a cenar? ¿O la mujer supereficaz que nunca se olvida de coser el botón?

¿A quien no le resulta familiar esta escena?: Él le propone salir a cenar y le pregunta dónde le gustaría ir. Ella responde que "no sé, me da igual" aunque lo tiene clarísimo. Entonces él le lleva a una horrible pizzería aunque lo que a ella le hubiera gustado es "aquel restaurante francés tan acogedor" que él tenía que haber adivinado porque "se lo ha dicho tantas veces"...

El matrimonio no es una inmensa llanura, sino más bien una travesía parecida a la del Himalaya, sobre todo si consideramos la diferencia que existe entre ambos sexos: el hombre es más tipo llama de gas, rápida para encenderse y también para apagarse y la mujer es más como una brasa de carbón: lenta tanto para encenderse como para apagarse. El hombre suele olvidar pronto, mientras que la mujer, guarda.

Zonas peligrosas
Hay tres escenarios típicos en los que se producen las tempestades: el dormitorio, la cocina y el cuarto de baño. Ella no soporta el desorden del marido que, por ejemplo, al sacar un jersey del armario, se lleva por delante el primoroso montón que ella había doblando meticulosamente... Pero es que él no entiende porque hay que hacer la cama también los domingos y fiestas de guardar: "¿Es que va a pasar algo porque se quede un día sin hacer?"

El cuarto de baño genera un sinfín de conflictos. Dejando de lado el escabroso tema de "la tapa del retrete" ella no puede soportar que siempre se olvide de cerrar la pasta de dientes y además apriete el tubo por la parte que no debe... O que le coja su cepillo de pelo favorito y lo deje lleno de pelos. Él, en cambio, está harto de las interminables esperas a la puerta del cuarto de baño y del infinitamente repetido "vamos a llegar tarde"... aunque no se ha dado cuenta de que antes se coló, justo cuando ella iba a entrar.

y, ¿Qué decir de la cocina? Ella se echa a temblar cuando él decide preparar la cena. Sabe que cenará bien, pero también sabe el fregado que le espera. No le puede soportar cuando plantado delante de la nevera abierta, con cara de desesperación, afirma "No hay cervezas" y ¡ella las está viendo, en la segunda balda, delante de sus narices!

La "guerra" del mando a distancia
Otra de las batallas típicas de toda pareja que se precie. Por lo general es patrimonio del hombre, que lo controla férreamente como si fuera su particular "cetro". Mientras tanto, la mujer se resigna a ver en una sola noche y a la vez un partido de fútbol, otro de baloncesto, una película -que le encantaría ver entera- y una serie de televisión.

Dice Enrique Rojas en su libro Remedios para el desamor que "Conseguir un amor verdadero hoy, implica ante todo conocer la metodología del amor para que éste se vuelva amable y penetre paulatinamente en el interior de uno, pero además, y sobre todo, saber que el amor no se agota en el sentimiento, sino que completa y engrandece por la voluntad, la inteligencia y el compromiso".

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